El origen

El origen de las calaveras literarias nace en el siglo XIX, años después de la independencia de nuestro país del decadente imperio español. Nace cuando literatos y artistas del grabado se mofaban de los versos funerarios que habíamos heredado del virreinato, versos que enaltecían a los muertos con mínimas o falsas virtudes. Versos de banal ilustración que rayaban en el ridículo cortesano. Este fue terreno fértil para que surgieran las calaveras literarias como versos lacerantes en la pluma de los nuevos escritores mexicanos. En ellos estará esa pluma como arma para cuestionar los excesos del poder y lambisconería aristocrática.

En todo esto podemos ver como la transición de la colonia a la vida independiente de nuestro país, tiene aún ese tufo donde los muertos encumbrados son virtuosos e impolutos como su biografía. Pero nunca en las luchas políticas la vida es estática y menos en el ámbito del pensamiento y la literatura. En la literatura se rompen más prontamente los lazos que atan el pensamiento. Así surgen los escritores irreverentes, iconoclastas, desdeñosos del poder que todo corrompe. Y ahí estarán ellos con sus textos de Día de Muertos que desacraliza el orden establecido y sus personajes. En la desacralización están las calaveras literarias que nacieron con texto e imagen; una literaria y la otra iconográfica. Fue una respuesta lúdica e irónica de este núcleo de la población cansada de la arrogancia de la gente pudiente y de alcurnia ya en decadencia; personajes que, a su consideración, bien merecían ser acompañados con una Huesuda burlona.

Quizá habrá que decir que las calaveras literarias recogen ese humor negro y sarcástico de Francisco de Quevedo, precursor de la pluma fina e hiriente del siglo de oro español; no importa cuanto tiempo haya pasado porque la herencia literaria nunca va a saco roto. Más sobre las calaveras y lo escatológico. La realidad se parece más a la realidad cuando la palabra escrita es más escatológica (la muerte como osamenta huele mal, es podredumbre; es un cuerpo en descomposición). La vida cortesana o lambiscona es la descomposición social de un grupo que goza del poder político y económico. Las calaveras literarias hablan de esa descomposición de los grupos en el poder. Después de la guerra de Independencia la sátira se desató, autoridades eclesiásticas y del gobierno fueron el blanco para hacerles sus calaveras literarias; ahí quedan para la historia imágenes del mismísimo Benito Juárez y de Porfirio Díaz que fueron satirizados con sus calaveras literarias.

Los curas no se quedaron fuera. Siempre los curas serán motivo del humor lacerante de las plumas críticas y de los irónicos caricaturistas. Claro que los curas, sobre todo de la oficialidad, se purifican hablado de las bondades del cielo pero viven muy bien y en el pecado de la gula y los lujos. ¡El mundo de los cielos les queda tan lejos, por lo que pelean su tajada en el mundo terrenal!

El curita Norberto Rivera Carrera
fue devoto de Felipillo Calderón
eso lo supo la Catrina calavera
y pa’ajustarle cuentas se lo llevó al panteón.

El texto de las también llamadas calaveritas será el derroche de humor negro para dar cuenta de la muerte política de un personaje célebre. El humor es terapia para quien lo cultiva y para su lector, sobre todo si el dardo va dirigido a un personaje corrupto, como aquellos que bien se cultivan en el PRI y el PAN.

AL PRI Y AL PAN O AL PRIAN
Leguleyos, chicaneros,
son delincuentes electoreros,
traficantes y rateros.

“Pero hasta aquí se les acaba su suerte”,
dijo oronda la Buena Muerte,
que vino por ellos muy bien maquillada,
y arriándolos se los llevó a la tiznada.

El cinismo de los políticos es una parte de la descomposición social, huelen mal y por eso su mejor espejo es una calavera literaria con todo y su caricatura. Sí, porque la calavera es una venganza del pueblo encabezada por literatos e ilustradores, contra aquellos que dicen servir a la nación y se sirven de ella; o bien, que forman parte de una mafia política como la encabezada por el ex presidente Carlos Salinas de Gortari, Vicente Fox, Marta Sahagún, Mariano Azuela, Felipe Calderón, Emilio Gamboa, Fernández de Cevallos… Ellos son el más claro ejemplo de una familia de la cosa nostra. La mafia política, en cualquier tiempo, siempre saldrá en las páginas de las calaveras descarriadas.

LA FAMILIA FELIZ
La Catrina Pelona no perdona,
lo misma se llevó a Salinas de Gortari por ladrón
que a Vicente Fox por traidor y mandilón.
Qué decir de Calderón, el chaparrito que desentona.
A Mariano Azuela, el que se limpia con la Constitución.
A Martita la matrona, le tiene cabaña
y toallas de veinte mil pesos,
así que lista la guadaña,
se van todos en bola y royéndose los huesos.

Las calaveras del cariño verdadero
Por supuesto, también están las calaveras dirigidas, aunque cariñosamente, a personalidades del mundo artístico y de la farándula. Los versos para estos amigos se nutren de su trayectoria o pasajes de su vida privada, ventilados los más en los medios de comunicación. Calaverear a un artista es motivo de festejo con una sonrisa fraternal. La risa siempre será una terapia para relajar la vida de la dura realidad. Aunque reír no le hace daño a la gente sana, dije sana y no conservadora y moralista.

SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ
De Juana de Asbaje,
lo que me da coraje,
es que en su vida cortesana
siempre fue más liviana.

Entre manjares y saraos,
con la marquesa de La Laguna,
dicen las lenguas, que fueron una
en sus caricias y devaneos.


Esta fue la musa Jerónima,
a la que se le acabaron manjares y paseos.
Ahora sólo la muerte coqueta se le arrima.

En cuanto a la imagen iconografía de la muerte que aparece junto al texto, ella viene acompañada de un pensamiento moral en Europa llamado la Danza Macabra (puede el lector leer este relato en la revista que tiene en sus manos), allá en el siglo XIV. En esta danza, la muerte con guadaña en mano, se presenta ante los mortales para anunciarles que pronto morirán y que deben arrepentirse de sus pecados y deben dejar arreglados sus asuntos en la tierra; al más allá se va ligero sin bultos y sin la carne que aquí se queda para corromperse. Es esta la muerte iconográfica que heredamos los mexicanos de Europa, a la cual le sumamos el rostro cadavérico de Mictlantecutli, Señor del Mictlán (lugar de los muertos) y el zompantli; cuyas imágenes son parecidas a las de un ábaco, sólo que sus cuentas eran los cráneos de los guerreros vencidos.

Sin embargo, será en el siglo XIX, en el marco de al corriente literaria del romanticismo cuando las calaveras literarias empezarán a tener efervescencia. Fue José Guadalupe Posada (1852-1913) quien difundió la mayor cantidad y variedad de calaveras irreverentes y exquisitas, como la famosa Catrina. Con mucha imaginación consolidó la tradición de las calaveras. Ya impresas eran muy bien vendidas en la Ciudad de México, sobre todo en el Día de Muertos. Con José Guadalupe Posada la muerte bajo de su pedestal del misterio para ser una actriz en el espejo de muchos personajes. A la muerte la vistió de humor, a los personajes les quito la piel para encuerarlos con todos sus vicios, los dejó en puros huesos. Desnudo el cuerpo de políticos y curas muestran todas sus miserias.

En fin, qué le vamos a hacer, si nosotros hacemos de la vida un acto de reverencia e irreverencia de la Muerte que nos acompaña… Y no nos queda más que decir: ¡Salud por la Muerte que nos pela los dientes! ¡Salud por la huesuda que sabe rica en amaranto, dulce o chocolate!¡Salud por esa flaca, tilica y huesuda, que nos da esa alegría de reírnos un rato a costillas de los políticos banales, simplones, traficantes de influencias y tránsfugas que se reciclan cada quincena!

Posted 24th October 2009 by Crónicas y Leyendas Mexicanas
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